La piedra angular.
Quizás hemos pasado por esa situación en la que prestamos prestamos algo y, poco después, ese alguien actúa como si fuera suyo desde siempre. Con el tiempo, lo prestado se olvida como tal. Esa posible situación es, en el fondo, la tragedia de los viñadores homicidas.
Un propietario planta una viña, el texto evoca el cántico de Isaías 5, para que no haya dudas sobre quién habla; la confía a unos labradores y se ausenta. Envía siervos a recoger el fruto y los matan; envía por fin a su hijo, y razonan con lógica perversa:
«matémosle y quedémonos con la herencia». Fácilmente olvidamos todo lo que Dios nos ha dado: ese es el pecado de fondo, nada novedoso.
Lo peor no es la violencia, sino lo que revela: dejan de reconocer al dueño. Cuando se deja de trabajar para otro, se trabaja solo para uno mismo. Es el «seréis como dioses» del Génesis actualizado: pretender ser propietarios cuando somos administradores.
El hombre que juega a ser creador, en vez de criatura agradecida, camina hacia su propio fracaso. Pero ser labrador en esta viña no es esclavitud: es vocación, es llevar a término un don que hemos recibido.
La parábola no termina en el crimen. «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular» (Sal 118,22):
el hijo asesinado se convierte en fundamento, y el Reino se da a quien produzca frutos. Afirmación que nos interpela hoy.

Esta historia no está lejos de nuestra realidad, bañada de sangre. El Evangelio nos invita a construir una viña de justicia y paz, donde, como escribe el Papa Francisco en Fratelli Tutti, seamos «todos hermanos»:
no propietarios rivales, sino hijos agradecidos de quien un día nos prestó el mundo entero.
Equipo de Redes, JST





