Bautismo del Señor. Mt.3,13-17
El Bautismo de Jesús nos revela, una vez más, el camino desconcertante de Dios. Jesús no se coloca por encima, no reclama privilegios ni excepciones. Se pone a la fila, se mezcla con los pecadores, comparte la espera y el agua de quienes buscan perdón. No porque lo necesite, sino porque ama hasta el extremo de abajarse y caminar al ritmo de la humanidad herida.
En el Jordán, el Maestro aprende de Juan y se deja bautizar por él. Esta escena rompe toda lógica de poder y nos introduce en la lógica del amor, esa que tanto cuidamos en nuestra espiritualidad josefina: la humildad silenciosa, la obediencia confiada, la cercanía que salva.

Y es ahí, en ese gesto pequeño y profundamente humano, donde el cielo se abre y resuena la voz: “Tú eres mi Hijo amado”. Antes de la misión, antes de los milagros y la cruz, Jesús escucha quién es. Saberse Hijo es vivir desde la confianza, desde la certeza de ser amado, y desde ahí entregarse sin miedo.
Ese mismo Espíritu que descendió sobre Jesús nos habita hoy. Nos envía a ser presencia reconciliadora en medio de un mundo herido por la violencia, el egoísmo y la exclusión. Como familia josefina trinitaria, estamos llamadas a vivir nuestro bautismo como misión: ser freno a la agresividad, sembradoras de paz, testigos de una fraternidad posible.
En el Jordán comienza el camino público de Jesús. En nuestro bautismo comienza también el nuestro: caminar con otros, a la altura de los pequeños, anunciando con la vida que todos somos hijos amados del mismo Padre.
Equipo de Redes, JST.
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