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Domingo XXV Tiempo Ordinario. Mt.20,1.16

La parábola de los obreros de la viña no instruye sobre relaciones laborales, sino sobre el modo de actuar de Dios, el único bueno. 

Al caer la tarde no se calcula el rendimiento ni la fatiga: basta haber sido contado entre los trabajadores del señor de la viña para que nadie se quede con las manos casi vacías.

El problema no está en la paga, sino en la mirada. Los obreros de la primera hora tienen un «ojo malo», expresión que designa la envidia: ven tinieblas donde hay luz y toman por injusto e insulto lo que es regalo de Dios al hermano. 

Si hubieran sido los únicos, habrían cobrado satisfechos. Como el hermano mayor del hijo pródigo, trabajaron mucho, pero no llegaron a conocer de verdad a su señor.

Late aquí la tentación de los discípulos de la primera hora: sentirse con derechos preferentes en el Reino. Pero el Reino es para quienes se consideran últimos, servidores, pequeños. 

Quien piensa lo contrario acaba buscando su propio beneficio antes que el Reino de Dios, y olvida lo esencial: trabajar en la viña en sintonía con el propietario.

Esta es la clave que Juan Pablo II toma en Christifideles laici, que hace de este pasaje su hilo conductor con el «Id también vosotros a mi viña».

El Señor sale a todas las horas y llama a todos, sin excluir a nadie.

La viña es el mundo entero, que debe transformarse según el designio de Dios, y nadie puede quedarse ocioso en la plaza. 

La llamada es puro don, y la respuesta ha de ser también gratuita: no trabajamos para merecer un salario, sino porque hemos sido llamados por un Dios bueno.

Equipo de Redes, JST

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