En este inicio de la Cuaresma, contemplamos a Jesús llevado por el Espíritu al desierto. No es un hecho casual, sino profundamente revelador: es el mismo Espíritu que descendió en el bautismo quien lo conduce ahora a la prueba. Allí, en el silencio y la intemperie, se manifiesta el núcleo de su identidad y de su misión.
Jesús es tentado en cuanto Hijo. El diablo no solo pone a prueba su humanidad, sino que intenta seducirlo hacia una alianza alternativa, distinta del querer del Padre. Las tentaciones no son superficiales: tocan lo más hondo de su ser, su relación con Dios y su modo de vivir el mesianismo. ¿Será un Mesías del poder, del espectáculo, del dominio? ¿O permanecerá en la obediencia confiada, en el camino humilde del Reino?
La victoria de Jesús no es solo personal, es paradigmática: ilumina el camino de una humanidad tantas veces errante. Él no dialoga con la tentación desde el deseo de poder, sino desde la Palabra y la fidelidad. Su vida está arraigada en Dios, y precisamente por eso es conducido a las pruebas más delicadas.

También nosotros, cuando buscamos vivir en Dios, somos llevados a nuestros desiertos. Allí aparece la tentación, que se presenta proponiendo caminos más fáciles, más rápidos, pero alejados del Evangelio.
Padre Eladio escribía en una de sus cartas
“Doy gracias a Dios porque le ha dado luz para distinguir que una cosa es sentir y la otra consentir. Bien puede un alma estar sintiendo una pasión muchos años , y sin embargo, no consentir con ella deliberadamente ni un solo momento”. 389, 1
La Cuaresma es este tiempo de discernimiento: reconocer qué voces habitan nuestro corazón y a cuál decidimos responder o consentir.
Jesús elige al Padre, su Palabra y su Reino.
En este tiempo de Cuaresma, en lo concreto de tu vida… ¿desde dónde eliges vivir?
Equipo de Redes, JST





