«Es gran falta de amor de Dios no amar a quien Él tanto ama».
Un doctor de la Ley pregunta a Jesús, con torcidas intenciones, cuál es el mandamiento principal. Jesús responde con algo más que un precepto: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, y, «semejante» a este, amar al prójimo como a uno mismo. Son dos mandamientos, pero inseparables.
Ese «semejante» lo cambia todo. Amar a Dios no es exactamente lo mismo que amar al prójimo, pero no existe un amor verdadero a Dios que no lleve al prójimo, ni un amor incondicional al prójimo que no apunte a Dios. El amor absoluto a Dios no es excluyente: no quita sitio a nadie, ensancha el espacio para todos.
Quien ama a Dios con todo su corazón ama también lo que de Dios procede, y un amor que se quedara solo en Dios sería recortado, egoísta, interesado.
Amar bien a Dios empieza por dejarse amar. P. Eladio lo expresa en sus cartas: «Dios nunca yerra; Dios siempre nos ama; Dios siempre nos da lo que más nos conviene” (623,2). Quien se sabe así de querido puede abandonarse: «Déjese plenamente en manos de su Dios” (413,7).

Y un corazón que descansa en Él tiene espacio de sobra para los demás. Ese amor consiste, además, «en querer para nuestro Dios todo bien» y en que «todas las criaturas le amen, bendigan y glorifiquen” (783,5°). Entre ellas, está el vecino del taladro, el viandante apresurado, el conductor malhumorado, el…
P. Eladio dice: «es gran falta de amor de Dios no amar a quien Él tanto ama». Y qué difícil resulta: «Nada hay más frecuente que no amarnos unos a otros, no obstante que Dios nos ama a todos” (1009,2).
El camino del mandamiento de este evangelio es de doble dirección: si amar bien a Dios lleva a amar bien al prójimo, también al amar al hermano aprendemos a ver a Dios.
Equipo de Redes, JST





