Mt 24, 37-44
Si en tiempos de san Pablo hubiese existido el mindfulness, quizá habría tomado de ahí su frase: “Comportaos reconociendo el momento en que vivís”. Sin embargo, el alcance de la frase es mucho más profundo y transciende el presentismo. Ese momento –dice Pablo– es el de la luz, el tiempo de ponerse en pie, de caminar erguidos porque la Salvación está cerca. Este es el Kairós, el tiempo de Dios que irrumpe en nuestra historia y nos recuerda su promesa de estar permanentemente con nosotros, aun en medio de nuestras sombras y dificultades.
También hoy las palabras de Isaías resuenan con fuerza: “De las espadas forjarán arados”. En un mundo herido, el Adviento vuelve a despertar en nosotros el deseo profundo de paz: paz para el otro, con el otro y desde el otro. Iniciamos un camino como pueblo, unidos, para hacer posible la justicia y la fraternidad para todos.

El evangelio de este domingo está atravesado por referencias al tiempo: “en aquel tiempo… cuando venga… hasta el día… a la hora menos pensada”. Mateo nos sitúa en un presente que recuerda un pasado concreto (el tiempo de Noé) y, a la vez, abre la mirada a un futuro seguro en la fe: el Señor viene.
La voz de Jesús tiene la fuerza de los profetas: recuerda la historia con Dios y denuncia nuestras infidelidades, pero al mismo tiempo enciende esperanza. Su llamada a la vigilancia no es miedo ni ansiedad; es una invitación a vivir despiertos, atentos al paso de Dios por nuestra vida.
La noche puede convertirse en “tiempo de salvación” si dejamos que su luz nos despierte.
Por eso, Jesús nos pregunta hoy:
¿Qué dinamismos despierta en mí esta esperanza?
¿De qué “tiempos de Noé” necesito convertirme?
¿Qué vigilancias son urgentes en mi vida personal, familiar y comunitaria?
Adviento es aprender a ser “luz vigilante”:
no sólo esperar al Señor que viene, sino acompañar la espera de tantos otros que, en los caminos de la vida, se nos revelan como presencia viva del Dios que llega.
Equipo de Redes, JST





