Solemnidad Todos los Santos
En la solemnidad de Todos los Santos la Iglesia levanta los ojos al cielo y contempla la multitud inmensa que nadie podía contar, «de toda nación, raza, pueblo y lengua» (Ap 7,9).
Son los santos de los altares, cuyos nombres conocemos y cuyas imágenes veneramos. Son los santos anónimos: aquellos que amaron a Dios en el silencio de lo cotidiano.
Son «los santos de la puerta de al lado» (Papa Francisco, en Gaudete et Exsultate): los padres que educan a sus hijos con amor, los hombres y mujeres trabajadores, los enfermos que ofrecen su dolor, las vecinos de Urda, Adamuz y tantos municipios de afectados por catástrofes naturales o humanas.
Esta es la santidad hecha de fidelidad en lo pequeño, de paciencia en lo diario, de amor en lo escondido. No exige hazañas extraordinarias, sino hacer bien y con amor lo que Dios pide a cada uno en su lugar.
Esto lo intuyó Padre Eladio. Con palabras que unen la hondura de la tradición y la sencillez del camino, nos recuerda que nadie está excluido: «usted en su misión, yo en la mía y cada alma en la suya, todos podemos ser santos».

“Usted en su misión, yo en la mía y cada alma en la suya podemos todos podemos ser santos,
llegar a ser santos. Tal es la voluntad de nuestro Señor Jesucristo cuando nos dice: «Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt,5,48).
Y así nos lo enseña San Pablo y San Pedro. El primero cuando nos dice: “La voluntad de Dios es vuestra santificación” (1Tes.4,3). El segundo cuando nos recuerda que el Señor nos ha dicho: “Seréis santos, porque yo soy Santo” (1Pe.1,15-16 cfr. Lv.11,45;20,26).
Pues bien: eso expuesto, alégrese porque santa puede y debe ser si quiere ser.
Preguntaba a Santo Tomás de Aquino una hermana suya cómo podría salvarse. El Santo respondió esta sola palabra grandiosa y digna de el: “Queriendo» (Cf.Rodríguez, A. Ejercicio de perfección y virtudes cristianas tr. 1 c.2 cita n. 12); cuya magnífica respuesta, entre otras muchas interpretaciones que tiene, encierra, sin duda, ésta, que me voy a permitir exponer, (…), si bien el mismo Dios es Padre de los dos.
«¿Cómo podrá usted, todas las almas y yo, la más ruin de todas, salvarnos y ser santos? Contestación categórica del Santo: «Queriendo». Esto es, queriendo salvarnos y ser santos; para lo cual no hay más que vivir y morir cada una en su estado y profesión queriendo lo que Dios quiere, como lo quiere, cuando lo quiere, en donde lo quiere, por los medios que quiere, por los motivos que quiere, (cfr. Mt. 26,39) para los fines que quiere y según el número, peso y medida que quiere.
De donde resulta que, queriendo en todo la voluntad de Dios, en la vida y en la muerte, henos ya salvados y santificados en el claustro y fuera de él, casados o solteros, ricos y pobres, sabios e ignorantes, con honra o sin ella, seglares o eclesiásticos; en una palabra, toda alma según su estado y condición.
¡Bendita sea su suma bondad y misericordia infinita, que tan ancha vía dejó para nuestra santificación queriendo salvarnos y santificarnos! Bendito sea el amor infinito que nos tiene, enseñándonos, por sí y por medio de sus santos, el método simplicísimo de alcanzar esta santidad: método que está al alcance de todas las fortunas, de todos los talentos, en todos los países, en todos los tiempos, para uno y otro sexo, en cualquier edad, etc.
Padre Eladio, 575, 1 – 576,4
Equipo de Redes, JST





