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Domingo  14 Tiempo Ordinario. Mt.11, 25-30

«Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños.»

La sabiduría del mundo no alcanza a ver lo que los sencillos perciben con nitidez. El punto de partida de este texto no es una doctrina, es una experiencia de asombro.

Dios no es un principio abstracto ni una fuerza lejana. Es Padre —nuestro Padre, Señor del cielo y de la tierra (Mt 11)— Señor de toda la creación. Su providencia abarca todo y su gobierno está guiado por la sabiduría y la bondad. Podemos dirigirnos a él con la confianza de un hijo, usando incluso la palabra que expresa la íntima confianza de Jesús con el Padre: Abbá (Gal 4, 6).

Dios, en su bondad y sabiduría, quiso revelarse a sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad (cf. DV, 2).

Esa voluntad busca corazones dispuestos, no corazones llenos de sí mismos. Los pequeños son los pobres de espíritu (Mt 5, 3), los que no se apoyan en sus propios méritos y abren las manos para recibir. En ellos Dios deposita su intimidad, porque en esa sencillez el reino empieza a crecer como la semilla de mostaza y como la levadura (Mt 13, 31–33).

La pequeñez es, por tanto, la actitud que ensancha las puertas de la revelación. En el encuentro cotidiano, en una familia, en el sufrimiento aceptado, en el servicio silencioso, Dios no escatima su manifestación. Cada pequeño gesto vivido desde la fe y la sencillez puede convertirse en el espacio donde el Padre se revela y el reino germina.

Equipo de Redes, JST. 

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