«Salió el sembrador a sembrar…»

La parábola del sembrador, además de ser el evangelio de este domingo, da título a una novela de Octavia Butler. La autora imagina un mundo distópico, marcado por el cambio climático, la violencia que todo lo rodea y una desigualdad que asfixia. El parecido con nuestro presente resulta incómodo. La protagonista, una adolescente que “padece” de hiperempatía, mantiene sin embargo la esperanza en medio de ese ambiente destructivo.
fuente imagen: fnac
Y quizás ahí está la primera clave para acercarnos a la Palabra de hoy: incluso en la tierra más reseca, algo se resiste a morir.
Jesús no endulza la situación. Es una llamada de atención clara, casi dolorosa:
«Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.» Mt 13, 14-15
También en nuestro mundo moderno la semilla del evangelio encuentra mucha resistencia.
Los pájaros, piedras, zarzas, espinas, mala tierra, los reconocemos sin esfuerzo porque los llevamos dentro: la prisa que no deja arraigar nada, el miedo que endurece el corazón, las preocupaciones que ahogan lo esencial.
Y, sin embargo, en ese mismo mundo la Palabra sigue dando fruto, porque el Sembrador es Dios Padre, que derrocha su semilla en todos los terrenos.
El Buen Sembrador no calcula ni se reserva: siembra sin medida porque no quiere que nadie quede fuera del Reino. No quiere que nadie se pierda.
Imagen: El sembrador. Sieger Köder

San Cesáreo de Arlés invita a algo muy concreto: sustraer unas horas a las preocupaciones materiales para volver a leer la Palabra en casa, dedicarse enteramente a la misericordia de Dios. No basta con escucharla una vez por semana en la iglesia, como quien prueba una sola mercancía; hay que cultivarla como el buen agricultor que siembra diversas semillas, buscando un mayor rendimiento. Así se va acumulando, dice el santo obispo, un fermento espiritual en los graneros del corazón.
Quizás la pregunta de este domingo no es tanto qué tipo de tierra somos, como si estamos dispuestos a dejarnos remover. La hiperempatía de la protagonista de Butler le permite sentir el sufrimiento del mundo sin endurecerse ante él. Esa es también la tierra buena: un corazón que, pese a todo, sigue siendo capaz de sentir, de escuchar y de dar fruto.
Equipo de Redes, JST.





