«Dejad crecer»
Es tiempo de siega en el hemisferio norte, y no deja de ser providencial que el Evangelio de este domingo nos hable justamente de sembrar, de esperar y de recoger.
La parábola no habla solo del campo: habla de lo que nos pasa por dentro, y de lo que vemos a nuestro alrededor y en el mundo en cada uno de nosotros, porque el trigo y la cizaña crecen juntos también en nuestra propia historia, y no solo en la de otros.

Jesús cuenta una historia sencilla: un hombre siembra buena semilla en su campo y, mientras todos duermen, un enemigo viene y siembra cizaña en medio del trigo. La respuesta del dueño sorprende: dejad que ambas crezcan juntas hasta la siega. Ese «dejad crecer» es, quizás, lo más difícil de aceptar, lo que nos sorprende.
Nosotros arrancaríamos de raíz. El dueño, Dios, espera.
En 1651, Calderón de la Barca escribió un auto sacramental titulado: La semilla y la cizaña.
En sus versos, la cizaña misma, convertida en una “furia” convoca a otras tres para repartirse el mundo y arruinar la siembra.
La cizaña describe a Dios diciendo:
”tanto Dios enamorado / el barro del hombre estima»
que anda buscándolo con disfraces y con cifras, como quien corteja sin imponerse.
Es la imagen de un Dios que no arrasa, que no irrumpe a la fuerza, sino que ronda, que espera, que ama con paciencia de enamorado. Ese es el Dios de la parábola, el Dios del Evangelio: el que prefiere arriesgarse a que crezca algo de cizaña antes que arrancar por error una sola espiga de trigo bueno.
En sus versos, la cizaña confiesa que hay un título de Cristo que la asombra más que ningún otro: «sembrador y semilla». Que Dios sea a la vez quien siembra y lo sembrado, quien da la palabra y es la Palabra, es un misterio que (dice ella misma) le eriza el cabello y le quita el sentido.
Hasta el mal tiembla ante el misterio de un Dios que se entrega como semilla, que muere y da fruto.

Encontramos eco a esto en el libro de la Sabiduría,: si Dios no arranca la cizaña de un golpe no es por falta de poder, sino porque «juzga con moderación y nos gobierna con mucha indulgencia», concediendo siempre la posibilidad del arrepentimiento.
La paciencia no es debilidad divina, es expresión de respeto a nuestra libertad. Si la siega llegara antes de tiempo, no habría espacio para que nadie cambiara. Y Dios, ante todo, desea que cambiemos.
Y nosotros, ¿sabemos esperar?
Quisiéramos ver resueltos de un golpe todos los problemas, los que nos afectan de cerca y los que nos superan. Es desesperante ver cómo el mal parece arraigarse en el mundo y nosotros podemos hacer tan poco. No entendemos, a veces, por qué Dios no interviene de modo fulminante cada vez que el mal se propaga ante nuestros ojos.
Pero la parábola no nos pide resignación, sino una paciencia activa: seguir sembrando, seguir cuidando el trigo, confiar en que la cosecha llegará, sin convertirnos nosotros mismos en jueces que arrancan antes de tiempo.
Puede que la cizaña que más nos cueste soportar no esté solo fuera, en el mundo o en el vecino, sino también dentro, mezclada con nuestro propio trigo.
Y si Dios tiene paciencia con ella, quizá ahí empiece también nuestra propia conversión: aprendiendo a esperar, como Él espera, hasta que llegue el tiempo de la siega.
Equipo de Redes, JST






