“Id y anunciad lo que estáis viendo y oyendo.”
Juan el Bautista, desde la cárcel, envía a preguntar a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” La respuesta de Jesús no es un discurso ni una promesa futura, sino una constatación viva:
“Id y anunciad lo que estáis viendo y oyendo.”
No habla de un mañana incierto, sino de una promesa que ya se está cumpliendo.
Jesús remite a las palabras del profeta Isaías: “He aquí vuestro Dios… viene en persona y os salvará.” La salvación que Él trae toca lo visible —los ciegos ven, los cojos andan—, pero va mucho más hondo: devuelve sentido, dignidad y esperanza a la vida. Sana el corazón cansado, levanta al abatido, despierta la alegría que parecía perdida.

Por eso, el “id y anunciad” no es solo un encargo para algunos, sino la vocación de todo creyente. La misión que Dios nos confía no se aplaza para un tiempo mejor ni se vive en espera pasiva. No existe el “mientras tanto” en el Evangelio. El Reino sucede ahora, en este instante, en el lugar concreto donde vivimos y servimos.
Adviento es tiempo de esperanza, sí, pero de esperanza activa. No esperamos sentados, sino caminando; no aguardamos callados, sino encendiendo luz en los corazones cansados. Allí donde estamos —en nuestra familia, en el barrio, en la comunidad— se nos pide mostrar con gestos sencillos que Jesús está presente:
en la generosidad que comparte,
en la compasión que consuela,
en el amor concreto que se hace servicio.
En este Adviento, vivamos la alegría de creer que Dios ya está actuando, y que nuestra vida puede ser palabra viva que proclame lo que hemos visto y oído.
Que nuestra esperanza no espere…
que anuncie.
Equipo de Redes, JST





