Lucas 4, 1-13

Jesús tuvo clara la respuesta desde el principio y toda su vida: cumplir la voluntad del Padre.
Riqueza, poder, gloria, un mesianismo político y temporal que derrocase a todos los enemigos e instaurase “su” tiempo fueron tentaciones que le acompañaron durante su vida pública y contextualizadas en el desierto, en la conversación con sus discípulos, en la gente que el seguía, en el huerto de los olivos, en el calvario. Sin embargo, todo lo rechaza al optar por el camino del abandono en Dios, en la humildad y en la obediencia a su voluntad.
La tentación siempre hace mella en la esencia de aquello que uno es y cada cual es tentado por aquello que es. De ahí la importancia de conocernos y reconocernos como hijos de Dios. Anterior a las tentaciones es el episodio del Bautismo. En esta epifanía, Jesús es reconocido como el Hijo de Dios. ¿Cómo te reconoces tú en Dios? ¿Cómo te relacionas con Dios?

Jesús entendió su filiación desde la libertad. Entendió que cumplir la voluntad del Padre es asumir su imagen y semejanza, tomar conciencia de las decisiones tomadas y eliminar todas las esclavitudes de la historia. Ahí reside la libertad para vencer las tentaciones: en el corazón bueno, en la actitud justa.
“Esto es lo que el Señor quiere de nosotros: humildad profunda por nuestra parte y plena confianza por parte de Él, y por eso le agrada tanto nuestro pleno abandono en sus manos, para que Él haga de nosotros lo que quiera, como quiera, cuando quiera”. (P. Eladio, 686,4)





