Lc. 9, 28b-36
El domingo pasado escuchábamos cómo el tentador trasladaba a Jesús a dos lugares altos para mostrarle todo el poder y la potencia divina que podía desplegar, si le adoraba. Sendas veces respondía Jesús con la Palabra, anteponiendo la voluntad de Dios a lo que como a hombre se le proponía.

Este domingo contemplamos a Jesús en lo alto de un monte. Pero ya no está solo, ha ido bien acompañado, y más gente que se le une en ese momento de oración.
“Pedro y sus compañeros vieron su gloria”. Con ellos somos invitados a realizar el primer movimiento de este relato, la subida y la contemplación de la divinidad de Jesús. No es solo un hombre extraordinario que realiza prodigios, es el Hijo Amado como queda ratificado por la voz y la nube que les envuelve. Al contemplar el rostro iluminado de Cristo, somos llamados a transcender lo corporal y tender a lo alto y divino y lograr ver lo invisible.
Pero no corramos el riesgo de actuar como Pedro y quedarnos anclados en la contemplación de lo sublime; el segundo movimiento del texto es el descenso del monte, que implica volver a la propia vida ordinaria, para vivir allí las consecuencias de la participación en el misterio de Cristo. Y en este misterio está presente “su éxodo, que iba a consumar en Jerusalén” y todos los momentos de oración, curación y acompañamiento que surgen en este camino hacia su Pascua. La luz que se desprende de Él es capaz de iluminar la historia de cada hombre.
En la transfiguración contemplamos el esplendor de Dios y el abajamiento de Jesús, su éxodo y también su soledad (cf. Lc 9,36). Los discípulos participaron en esta experiencia: “vieron su gloria” y así han (hemos) sido situados ante la verdadera identidad del Hijo. La transfiguración ha sucedido para ellos (nosotros) y en ellos (nosotros).
Sí, Tú eres el porvenir.
Rilke, libro de las Horas (1905).
Tú eres el porvenir, la gran aurora,
Sobre los llanos de la eternidad.
Tu eres canto de gallo tras la noche de los tiempos,
El rocío, la moza y los maitines,
El forastero, la madre y la muerte.
Eres tú la figura que siempre se transforma,
Que, siempre solitaria, se eleva del destino,
Queda sin alabanzas y sin quejas
Y no descrita, cual bosque salvaje.
Tú eres la más profunda esencia de las cosas,
Que de su ser silencia la palabra postrera,
Y se muestra a los otros siempre de otra manera:
Al barco como costa y a la costa cual barco.





