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«Tener devoción a María Inmaculada, llamándola tiernamente «Madre», acudiendo a ella en nuestras necesidades, ofreciéndola nuestro corazón para que nos purifique y entregue a su Hijo por nosotros y, por último, proclamándola nuestro amparo, refugio, consuelo, fortaleza, luz, guía, escudo, maestra, etc., etc., es entrar en el camino de la conversión para llegar al de iluminación y terminar felizmente en el de unión.

Esto es sin exageración alguna, porque María Inmaculada, nuestra Madre, es camino, verdad y vida nuestra por gracia, así como su Hijo santísimo lo es por naturaleza».
Padre Eladio, 818,3.

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