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La Solemnidad de la Asunción nos revela que no solo el alma sino también el cuerpo son «cosa muy hermosa» (Gn 1,31). El destino de María, quien fue elevada a la gloria con su carne entera, es un símbolo de lo que espera a todos los que están unidos al Señor Jesús a través de la fe y el amor.

Un día, nosotros también alcanzaremos el mismo destino que María. 

Esta celebración no nos dispensa de comprometernos con la historia; al contrario, es precisamente la mirada puesta en la meta, en el cielo, lo que nos impulsa a vivir el presente con mayor profundidad: 

alegres por la misericordia de Dios y atentos a los hermanos que encontramos en el camino, especialmente a los más débiles y frágiles.

El Magníficat

En el evangelio, el canto del Magnificat (Lc 1,39-56) nos invita a leer el misterio de María precisamente desde ahí. En ese canto se entrelazan dos núcleos de la vida en Cristo: el amor gratuito de Dios que se extiende de generación en generación, y su predilección por los últimos y los pobres. 

Ambos encuentran en María su mejor fruto, su obra maestra. Ella es el espejo en el que todo el pueblo de Dios puede reconocer sus propios rasgos: una mujer pequeña, elegida, que canta la grandeza de Dios precisamente desde su pequeñez.


Vínculo filial

Contemplar hoy a María es una invitación a estrechar con ella un vínculo filial y confiado. Nos lo recuerda el Padre Eladio:

«Tener devoción a María, llamándola, tiernamente, madre, acudiendo a ella en nuestras necesidades, ofreciéndole nuestro corazón para que lo purifique y entregue a su Hijo por nosotros, y, por último, proclamando la nuestro amparo, refugio, consuelo, fortaleza, luz, guía, escudo, maestra es entrar en el camino de la conversión para llegar al de la iluminación y terminar felizmente en el de unión.

Sí hija mía, esto es sin exageración alguna, porque María nuestra madre es camino, verdad y vida nuestra por gracia, así como su Hijo santísimo lo es por naturaleza.» (Padre Eladio, 818.3)

En estas palabras se condensa un itinerario espiritual desde la devoción sencilla y confiada a la conversión; de la conversión a la iluminación; de la iluminación a la unión con Dios.

María no es una meta en sí misma, sino, como dice el Padre Eladio, camino, verdad y vida por gracia, reflejo humilde y luminoso de Aquel que lo es por naturaleza. (Cfr.813,3)

Celebrar hoy la Asunción es dejarnos mirar por María y dejar que su Magníficat se convierta también en el nuestro: gratitud por lo que Dios ha hecho en los pequeños, compromiso concreto con quienes sufren, y una esperanza que no nos separa de la historia, sino que nos da fuerzas para habitarla con alegría.

Equipo de Redes, JST

Oración

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