Domingo XX Tiempo Ordinario. Mateo 15, 21-28
El encuentro de Jesús con la mujer cananea nos revela que la fe no es una adhesión pasiva ni resignada, sino una fuerza compasiva en movimiento capaz de atravesar cualquier frontera humana y religiosa.
Nacida del dolor desgarrador por el sufrir de su hija, la fe de esta mujer se transforma en audacia y perseverancia. No se detiene ante la aparente distancia ni ante las barreras culturales de su tiempo.
Su fe la pone en pie, le hace salir de casa, cruzar fronteras, postrarse ante Jesús… y también alzar la voz. Se atreve incluso a discutir con él, a ampliar su argumento, a no conformarse con el primer silencio. En el evangelio de Mateo, donde casi ninguna mujer tiene voz propia, ella dialoga, cuestiona, convence.

Ni Jesús ni ella salen iguales de ese encuentro. Los dos se abren, los dos sueltan prejuicios, los dos entregan lo mejor de sí.
La que llegó pidiendo salud para su hija termina revelándose como mediadora de vida para todos, sin distinción.
El Padre Eladio, contemplando esta escena, escribía:
«Gran ejemplo nos da la cananea; persevere en su imitación y logrará lo que desea.» (cfr.1056,4-6)
Esa es la invitación de hoy: no una fe que espera con los brazos cruzados, sino una fe que se pone en camino, que argumenta, que insiste, que no suelta a Dios hasta ser escuchada.
Hoy, esta mujer extranjera se presenta ante nosotros como un modelo luminoso de discipulado. La que acudió buscando sanación para su hija se revela como una mediación eficaz de la gracia y de la salud. Su testimonio nos interpela a perder el miedo, a alzar la voz con valentía, a perseverar en la súplica y a poner la vida entera en las manos de Aquel que solo exige un corazón dispuesto a amar.
Equipo de Redes, JST





