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Domingo 18 Tiempo Ordinario. Mt. 14,13-21

«Dadles vosotros de comer»

El Señor nos invita este domingo a poner atención a su palabra, a detenernos y preguntarnos qué es lo que verdaderamente da sentido a nuestra vida. Es la misma invitación que recibíamos el domingo pasado con la parábola de la perla: dejarlo todo por aquello que de verdad tiene valor. 

Insaciados e insaciables.

Vivimos en una época contradictoria: nunca hemos tenido tanto y, sin embargo, nunca hemos estado tan insatisfechos. Insaciados e insaciables, llenos de cosas y vacíos de sentido, siempre queriendo más sin saber bien para qué. Jesús nos reorienta. 

No ofrece más cosas, sino una esperanza que construye el Reino y el presente. Porque el Reino de Dios no es una promesa lanzada al futuro; es un ya que empieza a suceder cada vez que alguien comparte lo poco que tiene.

La esperanza

La esperanza cristiana no es un simple optimismo ni una espera pasiva. Es una fuerza que actúa en la relación de la persona con el mundo, haciendo que nuestro deseo de plenitud y las posibilidades reales de un mundo más libre y más justo se encuentren y avancen juntas.

La esperanza nos constituye como personas situadas en el presente, herederas de un pasado y orientadas hacia un futuro. Esperar es un acto que nos hace personas y nos hace pueblo. Mi esperanza se alimenta de la esperanza de los demás, y la de ellos de la mía. Por eso la esperanza cristiana nunca es en solitario: esperamos en comunidad. Nadie se salva ni espera solo.

La gratuidad

En una sociedad donde muchas veces manda la lógica del interés y del gasto en lo superfluo, los profetas defendieron con fuerza la gratuidad del sustento. Isaías lo expresa con una belleza que sigue interpelándonos hoy:

«Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero; venid, comprad trigo, comed sin pagar; vino y leche de balde. ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta? ¿Y el salario en lo que no da hartura? Escuchadme atentos, y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos» (Is 55,1-2).

Y el mismo profeta denuncia sin rodeos la acumulación de bienes, la explotación económica y todo aquello que legitima la injusticia mientras se disfraza de religiosidad. Frente a eso, propone otro tipo de ayuno, el único que a Dios le interesa: compartir el pan con el hambriento, vestir al desnudo, acoger al que no tiene techo, liberar al oprimido (cf. Is 58,6-7).

Eso es exactamente lo que sucede junto al lago, en el pasaje de hoy.

«No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer»

Los discípulos ven el problema con claridad y proponen la solución «razonable»: despedir a la gente para que cada uno se busque la vida. Es la lógica del mundo, la de siempre: que se ocupe cada cual de lo suyo. Pero Jesús responde con una frase que sigue resonando: «No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer».

Es una petición imposible, y los discípulos lo saben: apenas tienen cinco panes y dos peces. Ahí, precisamente ahí, es donde se revela algo importante. Cuando el discípulo se ve empujado a resolver por sí mismo las necesidades del mundo, corre el riesgo de olvidar el fundamento que lo sostiene y que no puede controlar. 

Jesús, al pedirles lo imposible, no los está poniendo a prueba por capricho: los está invitando a descubrir que no todo depende de sus manos, y que precisamente ahí puede actuar Dios.

El Reino que Jesús anuncia no interrumpe la historia ni la cierra en un final ya escrito; la abre hacia el futuro y coloca a quienes lo escuchan en una actitud activamente expectante: no de brazos cruzados, sino con las manos abiertas para compartir lo poco que hay.

La pregunta que se nos plantea no es «¿qué me falta?», sino «¿qué tengo ya en las manos que puedo compartir?». Puede ser poco, como cinco panes y dos peces. No importa. Puesto en las manos de Dios y compartido en comunidad, lo poco alcanza y sobra.

Esa es la esperanza que Jesús nos regala hoy: no la de tener más, sino la de dar lo que somos, confiando en que Él multiplica lo que ponemos a su disposición.

Equipo de Redes, JST

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