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Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

Venir a Él con todo el corazón

Ante Jesús Eucaristía: «Háblele como quien habla a su padre, a su médico, a su fiel amigo y amante.” (P. Eladio 866,7). 

La solemnidad de Corpus Christi nos convoca a detenernos, sin protocolos y sin distancias, tal y como somos,  ante el misterio de un Dios que ha querido quedarse. Que no se fue. Que eligió el pan, lo más cotidiano y necesario, para decir: aquí estoy, contigo, para siempre. 

Adorar la Eucaristía no es el ejercicio piadoso de los que «les gusta rezar mucho». Es reconocer, con asombro renovado, que Él nos dio todo su corazón. Y esa entrega total pide una respuesta total: «nosotros debemos darle todo nuestro corazón».

Ser transformados

Tomás de Aquino, en sus escritos sobre la Eucaristía, dice algo que da vuelta la lógica del mundo: este alimento no se transforma en quien lo come, sino que convierte en sí mismo al que lo toma: «No me convertirás en ti, sino que serás transformado en mí.”(citando a san Agustín). 

Este es el corazón teológico de la fiesta. Cuando comulgamos, no «recargamos energías espirituales» como si fuera una gasolinera. Nos dejamos transformar. El encuentro eucarístico auténtico nos cambia por dentro: nos hace más capaces de amar, más parecidos a ese corazón que se entregó hasta el final.

La Eucaristía no es solo un momento de intimidad privada con Jesús. Es el sacramento que nos rehace como miembros de su cuerpo, que es la Iglesia. Tomás lo llama la otra realidad del sacramento: la comunión nos inserta en la unidad del cuerpo místico. No hay comunión verdadera sin apertura al hermano.

La adoración como escuela de misión

El Padre Eladio, hombre de oración profunda ante el sagrario, recordaba que ante Jesús sacramentado es donde «somos fortalecidos para batallar las batallas del Señor y padecer por la gloria de su santo Nombre” (933,5).

La adoración no paraliza, envía. El que se detiene de verdad ante la Eucaristía, no sale igual. Sale con el corazón «prensado, para después ser dilatado y henchido”(933,5). Hay algo que primero duele, el encontrarse uno mismo, el ver la propia miseria, y luego ensancha, porque el amor de Dios no tiene límites.

Adorar es aprender a mirar el mundo con los ojos de Cristo. Y Cristo mira siempre con ternura y urgencia: la multitud que tiene hambre, el hermano que sufre, el descartado que nadie ve. La adoración eucarística es la fuente de donde brota la misión, no su sustituto.

Comiéndote sabremos ser comida

Pedro Casaldáliga, poeta-obispo que vivió entre los más pobres de Brasil, lo expresa en el bello poema Mi Cuerpo es comida. 

Comiéndote sabremos ser comida.

Un verso que contiene todo lo mencionado. Recibir a Jesús no es solo un privilegio: es una vocación. Nos comemos a quien se hizo pan para que nosotros aprendamos a ser pan. Pan partido, pan dado, pan que alimenta.

Por eso el poema termina de una forma que desafía:

El pan que ellos no tienen nos convoca
a ser Contigo el pan de cada día.
Llamados por la luz de Tu memoria,
marchamos hacia el Reino haciendo historia,
fraterna y subversiva Eucaristía.

Subversiva porque la Eucaristía subvierte el orden del mundo que acumula y excluye. Una mesa donde todos caben, donde el pan se parte y alcanza para todos, es un escándalo para la lógica del mercado. La Eucaristía no nos consuela para quedarnos quietos; nos inquieta para ponernos en movimiento.

La fuente y el camino

El Padre Eladio insiste: «En Él está la fuente de la santidad y pureza” (866,7). No somos nosotros la fuente. Eso nos libera de una presión enorme. No se trata de producir santidad por esfuerzo propio, sino de volver, una y otra vez, a beber de quien sí es la fuente de toda santificación. 

La adoración eucarística es ese volver. Es el momento en que reconocemos nuestra sed y la llevamos ante quien puede saciarla. De esta contemplación nacen personas capaces de entregarse, de servir sin cansarse, de amar sin calcular.

La misión no se sostiene sin ese centro. El servicio sin oración se vacía. La entrega sin fuente se agota. 

La fiesta del Corpus Christi nos recuerda dónde está el origen: en ese pan que es Él, que se nos da entero, que nos pide todo el corazón, y que nos devuelve transformados, listos para ser, como Él, pan partido para la vida del mundo.

«Nuestra misión es la humilde, reverente, amorosa y perpetua adoración a Jesús sacramentado.»

P. Eladio Mozas, 933,5

Equipo de Redes, JST

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