(De la circular de la Superiora General a las Comunidades por la Fiesta de la Santísima Trinidad)
La Trinidad no es una idea lejana ni una verdad reservada únicamente a la reflexión teológica. Es, en realidad, la expresión más bella de aquello a lo que estamos llamadas cada día: vivir una comunión profunda en la diversidad, un amor que se entrega sin medida y una unidad que no anula ni borra la riqueza de cada persona.

La vida de la Trinidad es un continuo darse y recibirse. Todo en Dios es relación, entrega, acogida y comunión.
Este dinamismo sostiene nuestro el deseo y compromiso de vivir relaciones de familia entre nosotras.
Amar de verdad, como Dios ama, significa buscar el bien de la otra incluso cuando cuesta, cuando supone renunciar a algo propio o cuando no recibimos respuesta inmediata.
Pero también significa dejarnos querer, aceptar ayuda, reconocer nuestra fragilidad y abrir el corazón con sencillez.
Más allá de nuestras tareas o responsabilidades, lo que verdaderamente habla al mundo es el modo en que vivimos. En una sociedad donde tantas veces predominan la prisa, el individualismo, la dureza o la indiferencia, una comunidad que vive la fraternidad y el cuidado mutuo se convierte en un signo profundamente luminoso.

Más allá de nuestras tareas o responsabilidades, lo que verdaderamente habla al mundo es el modo en que vivimos.
En una sociedad donde tantas veces predominan la prisa, el individualismo, la dureza o la indiferencia, una comunidad que vive la fraternidad y el cuidado mutuo se convierte en un signo profundamente luminoso.
Sabemos que no siempre es fácil. La vida en común nos confronta, nos exige salir de nosotras mismas, aprender a ceder, comprender, escuchar y recomenzar muchas veces. Pero precisamente ahí, en esa entrega sencilla y perseverante, es donde el amor de Dios se hace más visible y fecundo.
La Trinidad se hace presente en lo pequeño y cotidiano: en una acogida sincera, en una palabra amable, en un silencio respetuoso, en un perdón ofrecido a tiempo, en una conversación serena, en una ayuda prestada con alegría.
Allí donde cultivamos relaciones marcadas por el respeto, la escucha, la acogida y el amor mutuo, se hace visible el misterio de comunión que contemplamos en Dios Trinidad.
Por eso, cada gesto de cercanía, cada palabra dicha con bondad, cada esfuerzo por mantener la paz y la comunión, tiene un valor inmenso ante Dios. Todo ello construye Reino y nos acerca más a aquello que estamos llamadas a ser.
Que nuestras vidas, sencillas y entregadas, continúen proclamando al mundo que Dios es Amor.
Hna. Mª Luisa Dávila, JST. Superiora General.





