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Boletín P.Eladio n° 101

Padre Eladio nos hablaba de Dios como un océano inmenso de bondad y amor en el que se nos invitaba a llegar a sumergirnos para experimentar, o más bien intuir, su íntima esencia, y descubrir así el sentido de cuanto somos y vivimos. Y tenía razón: solo desde el “corazón” de Dios hallamos el auténtico ser y sentir del hombre. Pero, ¿y si ya viviéramos sumergidos? ¿Y si Dios no estuviera ya más afuera, arriba, o lejos, sino increíblemente dentro y cerca; o no fuera ya más un Tú, sino un Yo, más yo, que yo mismo?

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Esto nos puede sonar a san Agustín y a su experiencia de que Dios era más interior a él que lo más íntimo suyo; o a santa Teresa, cuando rezaba: “alma, buscarme has en ti”; o al propio Jesús, cuando nos aseguraba que el Reino de Dios, que es Dios mismo, está dentro de nosotros. ¡Pero es mucho más!. Es todo esto sumándose a una de las afirmaciones más lúcidas de san Pablo: “En Dios vivimos, nos movemos y existimos”.

Desde este paradigma podemos reconocer a Dios en el otro, ser imagen de Dios los unos para los otros, garantizar la posibilidad de la comunión en la diversidad, de la tan anhelada sinodalidad, de ser hijos y hermanos, de empatizar y humanizarnos, de sabernos dignos de un Amor que nos trasciende…, de divinizarnos, en definitiva.

Desde este paradigma invitamos a contemplar al Dios que habitamos y que nos habita en tres imágenes tomadas de una canción de Ain Karem, que, inspirada en la Palabra, dice así: “Habitaré dentro de ti… como Roca, Soplo, Manantial”.

DIOS ROCA

En este mundo tan “líquido”, en el que importa tanto fluir, lo efímero nos da alas, y nada está llamado a permanecer, Dios nos procura firmeza y sostén. Asegura nuestros pasos dándoles una tierra sólida, equilibrio con raíces profundas y resistentes que proporcionan nutrientes y nos hacen verdear. Apoya y sujeta nuestros vaivenes desorientados, descansa nuestro desasosiego y frenesí, nos refugia de nuestras propias tormentas y ofrece el eco sonoro de esas voces interiores que nos construyen, nos dan forma y nos devuelven el sentido y la esencia de lo que somos. Somos Roca en Él.

DIOS SOPLO

Parálisis y bloqueos, límites en nosotros, en los demás y en la misma realidad que parece empeñarse en inmovilizarnos. Pero Dios es Soplo. Dios es la energía que nos dinamiza, el motor que pone en marcha el despegue de nuestras posibilidades y alienta la capacidad de ser livianos.

Dios, en su soplo, vivifica, renueva y dota de luz y color lo mortecino. Alivia, empuja y nos hace flexibles, no nos quiebra. Enciende las ascuas dormidas que reclaman su calor y apaga la fogosidad de otros aires que nos queman por dentro.

En su soplo Dios nos vuela, como cometas sin cordel que despejan las nubes y colorean el cielo. Y así somos, también soplo, para impulsar y aliviar, para apagar y encender, para alentar y vivificar.

Somos Soplo en Él.

DIOS MANANTIAL

Las “cisternas agrietadas” de las que hablaba Jeremías, las aguas estancadas proveedoras de enfermedades, o los parajes resecos, estériles y desolados, que a veces nos habitan, reclaman ansiosos un Dios Manantial. 

Dios es la frescura que facilita la respiración ahogada, que hermosea nuestras orillas y perfuma con el aroma familiar de la tierra mojada. Dios transparenta nuestra identidad más profunda y nos devuelve un reflejo amable que nos muestra dignos de amar y de ser amados. Dios limpia el lodo pegajoso de nuestras codicias, purifica de residuos nuestras heridas y las sana. Dios nos hace fecundos, creativos y recreadores. Desde lo hondo es fuente que mana y embellece cuanto encuentra a su paso.

Somos Manantial en Él.

Llevamos a este Dios en las entrañas y moramos las entrañas de este Dios.

Quizá nos parezca audaz este modo de pensarlo, de intuirlo o de soñarlo, pero así se ha ido desvelando y revelando a lo largo de la historia. Así lo han experimentado los grandes místicos, algunos santos y teólogos, y no pocos hombres y mujeres sencillos que, en su vida cotidiana, presentían la presencia humilde de un Dios encarnado.

¿Y si la Trinidad, las tres formas de ser de Dios, no fueran sino las tres formas de ser nosotros mismos? ¿Lo más genuino y profundo de nuestra identidad, la plenitud de Vida y de Comunión a la que somos llamados?

Dejarlo Ser en nosotros, reconocerlo y acogerlo en los “tú” que acompañan nuestros días, descubrirlo en la Bondad, Verdad y Belleza de todo lo creado, sentir que “en Él vivimos, nos movemos y existimos”, y sabernos, en fin, habitados por un Dios Roca, Soplo y Manantial que nos llama a ser lo mismo en este mundo.

“Y si acaso no supieres

dónde me hallarás a Mí,

No andes de aquí para allí,

sino, si hallarme quisieres,

a Mí buscarme has en ti.”

Santa Teresa de Jesús

Hna. Marta Beneyto, JST.

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