Lc.10,25-37. Practica la misericordia. No pases de largo.
En el Evangelio de este domingo, Jesús responde a un doctor de la ley que le pregunta: “¿Quién es mi prójimo?” con la parábola del buen samaritano. Esta narración no solo responde a la pregunta, sino que desinstala nuestras seguridades y prejuicios religiosos, sociales y culturales. Jesús nos invita a mirar con el corazón, a no pasar de largo ante el dolor del otro, a detenernos, acercarnos y dejarnos conmover. La misericordia es el centro del relato y, por lo tanto, también del camino cristiano.

El samaritano de la parábola es imagen de quien actúa con entrañas de compasión, como las tiene Dios Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que no pasan de largo ante la humanidad herida, sino que se hacen cercanía, ternura y sanación. La misericordia de Dios Trinidad se manifiesta en una historia de amor que se abaja hasta el polvo del camino, y que al ver al ser humano herido por la injusticia y el pecado, se inclina para vendar sus heridas con el vino y el aceite del consuelo. Esta misericordia no es un sentimiento superficial, sino una fuerza profunda que transforma la indiferencia en solidaridad y el egoísmo en donación.
Como nos recuerda el Padre Eladio Mozas:
“Es indudable que la Santísima Trinidad, que es Dios, ama mucho a los hombres. Esto mismo debe ser un gran estímulo para que todos nos amemos mutuamente, pues es gran falta de amor de Dios no amar a quien Él tanto ama.” (1009,2)
Esta afirmación es radicalmente evangélica. No podemos decir que amamos a Dios Trinidad si no somos capaces de amar al hermano herido, al marginado, al caído en el camino. Amar como Dios ama implica mirar como Dios mira, con los ojos de la misericordia, del respeto profundo por la dignidad del otro.
Caminar con los «ojos abiertos».
Aquí es donde se hace luminosa la propuesta del teólogo Johann Baptist Metz con su “mística de los ojos abiertos”. No se trata de una espiritualidad evasiva, encerrada en la contemplación pasiva, sino de una fe que abre los ojos al sufrimiento del mundo, que ve las heridas del prójimo y actúa con responsabilidad. Metz nos recuerda que la memoria de la pasión de Cristo es inseparable del compromiso con los crucificados de la historia. No basta con ver, es necesario hacerse prójimo. No basta con sentir compasión, hay que encarnarla en gestos concretos.
El camino del buen samaritano es el camino de la Trinidad que se inclina ante la humanidad; el camino del discípulo que no se desentiende, que no se excusa ni delega, sino que se implica, que se arriesga a amar, aunque eso suponga romper esquemas o incomodarse. Es el camino del amor trinitario hecho carne en nuestras relaciones cotidianas.
Pidamos al Espíritu Santo que nos dé ojos abiertos y corazón sensible, que nos enseñe a mirar el mundo con la ternura del Padre, la entrega del Hijo y la fuerza transformadora del Espíritu.
Equipo de Redes, JST





