Domingo IV Tiempo Ordinario. Mt.5, 1-12a
“Felices los felices”. Utilizando el título de un libro de Borges, inicio el comentario al evangelio de este domingo. Sin quitar importancia a las letras de este autor, te invito a compararlas después con las revolucionarias palabras de Jesús.
Porque las Bienaventuranzas nos revelan una misteriosa inversión de valores: pasar del tener al ser, del ser al dar, del vivir para uno mismo al vivir para los demás. En este cambio se esconde un secreto profundo: cuando la persona se entrega, se encuentra; cuando ama, se humaniza; cuando se vacía por los otros, se llena de Dios.

Jesús no presenta un ideal imposible ni una poesía espiritual. Propone el estilo de vida más auténticamente humano que se ha ofrecido al corazón inquieto de quienes buscan sentido. Él mismo encarna lo que proclama: pobre de espíritu, manso, misericordioso, limpio de corazón, trabajador por la paz, hambriento de justicia. Las Bienaventuranzas no son teoría: son el retrato de Jesús, brotan de su corazón misericordioso.
Por eso, seguir a Cristo implica un compromiso concreto por humanizar la vida. Donde hay sufrimiento, acercarnos; donde hay injusticia, no callar; donde hay heridas, curar con presencia y compasión. Jesús se acercó a los ambientes más deshumanizados para devolver dignidad. Hoy sus discípulos estamos llamados a lo mismo.
Las Bienaventuranzas anuncian felicidad, pero no la que vende el mundo. Prometen una alegría profunda que nace de saberse en manos de Dios, incluso en medio del rechazo, la fragilidad o la persecución. Son una palabra de esperanza para quienes parecen perder siempre: los pobres, los que lloran, los que trabajan por la paz.
En un mundo herido por la desigualdad, la violencia y la indiferencia, este mensaje sigue siendo revolucionario. Nos recuerda que el mal y la injusticia no tienen la última palabra. El Reino de Dios ya está germinando allí donde alguien elige amar, perdonar y servir.
Equipo de Redes, JST.





