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“Venid conmigo y os haré pescadores de hombres” (Mt 4,19)

Domingo III Tiempo Ordinario

El inicio de la vida pública de Jesús no sucede en los centros de poder ni entre los expertos de la Ley, sino a orillas del lago, en la vida cotidiana de quienes trabajan, esperan y luchan por salir adelante. Allí, en medio de redes, cansancio y rutina, Jesús pronuncia una palabra que cambia el rumbo de la historia: “Venid conmigo”.

Jesús llama en comunidad: de dos en dos, en plural, para caminar juntos. Nadie es discípulo en solitario. La comunidad es el lugar donde se aprende a creer, a sostenerse y a ser enviado. Sin ella, la fe se debilita y pierde sabor.

Jesús llama a ser pescador de hombres. Esto no significa conquistar ni convencer, sino rescatar. En la tradición bíblica, el mar simboliza el caos, la inestabilidad y el mal. Sacar peces de ese mar es imagen de devolver vida, dignidad y esperanza a quienes están atrapados en el miedo, la injusticia o el sinsentido. Jesús inaugura el Reino de los cielos haciendo realidad las promesas: los que lloran son consolados, los hambrientos de justicia son saciados, los heridos comienzan a sanar.

Por eso, el Reino no se queda en discursos bonitos. Mateo nos muestra a Jesús predicando, enseñando y curando. Tres verbos que marcan el camino del discípulo: anunciar una Buena Noticia que despierta, enseñar un estilo de vida que transforma y sanar las heridas concretas del ser humano. La fe se vuelve creíble cuando toca la carne doliente del mundo.

Hoy, en un mundo herido por el individualismo y la falta de compasión, Jesús sigue pasando por nuestra orilla. Su llamada sigue siendo vocacional y urgente: dejar redes, seguridades y miedos para colaborar con Él en la construcción del Reino.

La pregunta permanece abierta:
¿qué redes me pide hoy soltar Jesús para seguirlo y dar vida a otros?

Equipo de Redes, JST

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