Domingo III Tiempo Ordinario
El inicio de la vida pública de Jesús no sucede en los centros de poder ni entre los expertos de la Ley, sino a orillas del lago, en la vida cotidiana de quienes trabajan, esperan y luchan por salir adelante. Allí, en medio de redes, cansancio y rutina, Jesús pronuncia una palabra que cambia el rumbo de la historia: “Venid conmigo”.
Jesús llama en comunidad: de dos en dos, en plural, para caminar juntos. Nadie es discípulo en solitario. La comunidad es el lugar donde se aprende a creer, a sostenerse y a ser enviado. Sin ella, la fe se debilita y pierde sabor.

Jesús llama a ser pescador de hombres. Esto no significa conquistar ni convencer, sino rescatar. En la tradición bíblica, el mar simboliza el caos, la inestabilidad y el mal. Sacar peces de ese mar es imagen de devolver vida, dignidad y esperanza a quienes están atrapados en el miedo, la injusticia o el sinsentido. Jesús inaugura el Reino de los cielos haciendo realidad las promesas: los que lloran son consolados, los hambrientos de justicia son saciados, los heridos comienzan a sanar.
Por eso, el Reino no se queda en discursos bonitos. Mateo nos muestra a Jesús predicando, enseñando y curando. Tres verbos que marcan el camino del discípulo: anunciar una Buena Noticia que despierta, enseñar un estilo de vida que transforma y sanar las heridas concretas del ser humano. La fe se vuelve creíble cuando toca la carne doliente del mundo.
Hoy, en un mundo herido por el individualismo y la falta de compasión, Jesús sigue pasando por nuestra orilla. Su llamada sigue siendo vocacional y urgente: dejar redes, seguridades y miedos para colaborar con Él en la construcción del Reino.
La pregunta permanece abierta:
¿qué redes me pide hoy soltar Jesús para seguirlo y dar vida a otros?
Equipo de Redes, JST





