Jn.14,23-29

“La Paz sea con todos vosotros, hermanos y hermanas carísimos. Este es el primer saludo del Cristo Resucitado, el Buen Pastor, que ha dado la vida por el rebaño de Dios. También yo quisiera que este saludo de paz llegue hasta sus corazones, les alcance a sus familias, a todas las personas, donde quiera que se encuentren, a todos los pueblos, a toda la tierra.
La Paz esté con ustedes. Esta es la paz del Cristo Resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante y también perseverante, que proviene de Dios, que nos ama a todos incondicionalmente”. (Discurso de León XIV al asumir como Papa).
Esta paz desarmante debe movilizarnos continuamente a alzar la voz frente a los conflictos continuados en el mundo: África, América central, Ucrania, Palestina-Israel. NO podemos normalizar la violencia con que nos amenizan las comidas y cenas.
La paz del Resucitado desarma las actitudes y palabras llenas de envidia, reconocer e indiferencia que dirigimos a nuestros semejantes. “Si le amamos y guardamos su Palabra”, no podemos dar cabida a la guerra contra el otro dentro de nosotros.
Os dejo mi paz, que no se turbe vuestro corazón. Cristo permanece siempre, nos alienta y fortalece con su Espíritu. Nos concede el don de su paz para vivir desde la generosidad y la entrega como él; desde la conciencia de nosotros mismos y de lo que estamos llamados a ser.

La paz que nos regala Jesús brota de su corazón traspasado en la cruz y germinar en nosotros cuando somos capaces de reconciliarnos con Dios , con nosotros mismos, con los hermanos, con la realidad en la que vivimos.
“171. Pidamos, pues, con instantes súplicas al divino Redentor esta paz que El mismo nos trajo. Que El borre de los hombres cuanto pueda poner en peligro esta paz y convierta a todos en testigos de la verdad, de la justicia y del amor fraterno. Que El ilumine también con su luz la mente de los que gobiernan las naciones, para que, al mismo tiempo que les procuran una digna prosperidad, aseguren a sus compatriotas el don hermosísimo de la paz. Que, finalmente, Cristo encienda las voluntades de todos los hombres para echar por tierra las barreras que dividen a los unos de los otros, para estrecharlos vínculos de la mutua caridad, para fomentar la recíproca comprensión, para perdonar, en fin, a cuantos nos hayan injuriado. De esta manera, bajo su auspicio y amparo, todos los pueblos se abracen como hermanos y florezca y reine siempre entre ellos la tan anhelada paz.
172. Por último, deseando, venerables hermanos, que esta paz penetre en la grey que os ha sido confiada, para beneficio, sobre todo, de los más humildes, que necesitan ayuda y defensa, a vosotros, a los sacerdotes de ambos cleros, a los religiosos y a las vírgenes consagradas a Dios, a todos los fieles cristianos y nominalmente a aquellos que secundan con entusiasmo estas nuestras exhortaciones, impartimos con todo afecto en el Señor la bendición apostólica. Para todos los hombres de buena voluntad, a quienes va también dirigida esta nuestra encíclica, imploramos de Dios salud y prosperidad”.
Pacem in Terris, 172-173. Juan XXIII, 1963
Equipo de Redes, JST.





