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Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo

Domingo 21 tiempo ordinario. Mt.16, 13-20

En el Evangelio de este domingo, Pedro pronuncia la confesión que sostiene la fe de la Iglesia, de todos los creyentes. 

No es una respuesta improvisada ni fruto del puro razonamiento humano; es un don que viene de lo alto, como el mismo Jesús se lo revela. 

La fe verdadera nunca nace únicamente de nuestro esfuerzo; es luz que Dios enciende en el alma.

San Pablo lo expresa en la carta a los Romanos (11,33-36): la sabiduría y los caminos de Dios son insondables, y todo procede de Él, existe por Él y se dirige hacia Él. Ante ese misterio, lo único que cabe es la adoración agradecida.

Así también, nuestra fe no se mide por certezas completas ni por respuestas perfectas, sino por la confianza que va creciendo, paso a paso, cuando dejamos que esa luz sobrenatural ilumine lo que la sola razón jamás alcanzaría a comprender. 

Es una luz que, al entrar en el corazón, se convierte en calor: enciende la voluntad, mueve los afectos y despierta el deseo sincero de vivir para Dios.

Confesar a Cristo, como Pedro, es mucho más que repetir una fórmula “para nota”. Es dejar que Él se convierta en el centro de nuestra existencia. Como escribía el Padre Eladio: «nuestro amor solo para Jesús, nuestra vida para Él” (985,1). Que su aliento sea nuestro aliento, que su voluntad oriente la nuestra, que su gloria sea también nuestra alegría. 

Confesarle como “el Mesías, el Hijo del Dios vivo” es reconocer, agradecidos, cuánta misericordia hemos recibido, cuánta seguimos recibiendo, y cuánta más está dispuesto a darnos si permanecemos fieles en Él. 

Pedro es piedra no porque sea perfecto, sino porque cree, confía y se deja transformar por ese amor. Esa es también nuestra vocación: ser piedras vivas de una fe que no se apoya en nuestras propias fuerzas, sino en Aquel que nos amó primero y entregó su vida por nosotros.

Equipo de Redes, JST

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