Felicitación de la Superiora General a las Comunidades
En el misterio de la Navidad, lleno de luz y de paz, cuando la Palabra eterna se hace carne en la sencillez de un pesebre, quiero haceros llegar mi más sincera felicitación y mi invitación a detenernos, contemplar y dejarnos interpelar por el Niño Dios.
Desde Belén hasta nuestras comunidades y corazones, el nacimiento de Jesús nos revela el modo de actuar de Dios: la humildad que salva, la pobreza que libera y el silencio que transforma.
A la luz de este acontecimiento central de nuestra fe, somos llamadas a redescubrir nuestra vocación y convocación como espacios donde Dios sigue eligiendo nacer hoy.

Nace el Dios que elige un pesebre
En una noche silenciosa, bajo un cielo sembrado de estrellas, el Dios del universo eligió una cuna de paja y madera para hacerse hombre. Llegó en un pesebre: humilde, frío, insignificante a los ojos del mundo. Y, sin embargo, allí ocurrió lo imposible: la eternidad se abrazó al tiempo y la divinidad se acostó en los brazos de una madre humana.
No se trata solo de un hecho histórico. Es un mensaje profundo y transformador: Dios no se manifiesta en la grandeza del poder, sino en la grandeza del amor. El pesebre nos enseña que lo pequeño, lo roto, lo escondido, es terreno sagradocuando Dios lo habita.
¿Cuántas veces buscamos a Dios en lo grande, en lo que brilla y no lo reconocemos en los rostros de vidas amenazadas por la pobreza, la precariedad, el abandono, la injusticia, la violencia… y otras tantas realidades que frustran una existencia digna?
El pesebre es también un espejo. Jesús no solo nació en un pesebre, sino que quiere nacer en el nuestro: en nuestras heridas, en nuestra fragilidad, en nuestras noches oscuras. Pero para ello, tenemos que hacer espacio. Como en aquel momento de la historia no hubo lugar para Él en la posada, muchas veces hoy, tampoco hay lugar para Él en la realidad mundial y en nuestra propias realidades personales y comunitarias, llenas de ruidos, prisas, individualismo, egoísmo.
¿Dónde está nuestro pesebre, el de cada una?
Tal vez es ese rincón de nuestra vida que nos avergüenza. Tal vez es esa relación rota, esa fe cansada, esa esperanza marchita. Pues ahí quiere nacer Jesús. No en lo perfecto, sino en lo real.
El nacimiento de Jesús en un pesebre es una invitación a dejar de aparentar grandeza y acoger la verdad de lo que somos.Porque ahí, en lo simple, en lo cotidiano, en lo escondido, Dios se hace carne. Y una vez que Él nace, nada vuelve a ser igual. El pesebre se convierte en trono, la pobreza en riqueza, la oscuridad en luz.
Nació en un pesebre… y eligió nuestros corazones
La Navidad no es solo el recuerdo tierno del nacimiento de Jesús. Es la celebración viva de un misterio que sigue aconteciendo: Dios se abaja, se entrega, se hace uno de nosotros, y lo hace no en grandeza ni en esplendor, sino en la humildad de un pesebre.
¿Por qué un pesebre?
Porque allí no hay apariencias, ni comodidades, ni seguridades, ni honores. Solo hay pobreza, silencio, y disponibilidad. Y es justo en ese escenario donde la Palabra se hace carne, donde el Verbo se calla para aprender a llorar, donde la grandeza de Dios se reviste de pañales.
El pesebre es un lenguaje
Nosotras estamos llamadas a aprender, a dominar, a ser expertas en este lenguaje del pesebre porque hemos sido llamadas no al centro, sino al margen; no al prestigio, sino al servicio. Como Jesús en el pesebre, nuestra vocación es ser signo de contradicción, presencia de Dios en lo pequeño, lo olvidado, lo humilde.

El pesebre nos enseña tres actitudes esenciales para vivir nuestra consagración
1.Humildad real, no aparente
La vida consagrada no necesita disfrazar la debilidad, sino vivirla con transparencia y confianza. Como el pesebre, somos frágiles, pero podemos ser cuna de Dios si estamos disponibles. Navidad nos recuerda que no debemos temer ser pequeñas, porque Dios ama lo pequeño.
2.Pobreza evangélica, no ideológica
El Hijo de Dios no solo nació pobre, eligió nacer pobre. Nuestra pobreza no es renuncia por renuncia, sino espacio para que Dios lo sea todo. ¿Vivimos nuestra pobreza con alegría? ¿o la llenamos de seguridades que nos impiden confiar del todo?
3.Presencia silenciosa, no ausencia
El Niño no habla, pero su sola presencia transforma. Así también nuestra vida consagrada está llamada a ser presencia que consuela, que acompaña, que ora. Tal vez no tengamos respuestas para todos, pero sí podemos ofrecer una vida entregada que ilumina desde el silencio.
¿Dónde está mi pesebre?
Quizá sea mi rutina vacía, mi cansancio acumulado, mi comunidad difícil, mi oración reseca…
¿Estoy dispuesta a que Cristo nazca justo ahí?
¿Puedo ofrecerle no solo mi oración, sino también mi desánimo, mis dudas, mi soledad?
Que, en esta Navidad, el Niño de Belén nos enseñe a volver a lo simple, a lo esencial, a lo verdadero. Que nos haga mujeres del pesebre, portadoras de la ternura de Dios, sembradoras de paz desde la discreción y el amor escondido. Porque cuando Dios quiso cambiar el mundo, empezó desde la cuna más humilde. Y todavía hoy, sigue naciendo en los corazones sencillos.
¡Feliz y Santa Navidad para cada una!





