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Comieron y se saciaron. Lucas 9, 11b-17

Jesús entrega el alimento a la multitud hambrienta que buscaba saciar sus necesidades humanas pero también las más profundas. Cristo se nos entrega como alimento que sacia los más profundos anhelos de nuestra vida: identificarnos con él y servir, con él y como él, a los hermanos. 

Porque en Jesús sacramentado somos saciados. “Venid al quicio del tabernáculo del arca santa, del trono de gloria de un Dios escondido. Venid que Él es luz que ilumina, fuego que abrasa, manjar que fortifica y amor que dilata. Venid que ahí está quien os sacó de la nada, os formó a su imagen y semejanza, os conserva todos los instantes de vuestra vida; os da de comer, beber y vestir, tierra que pisar, cielo que admirar y aire que respirar. 

Venid que ahí mora quien os redimió a costa de su sangre, os iluminó con su doctrina, os alentó con su ejemplo, os dejó a su Madre por madre y os da su propio cuerpo para alimento”. P. Eladio, 1043,3

Porque en Jesús sacramentado “está la fuente de la santidad y la pureza. Confía plenamente en él. Háblale como quien habla a su padre, a su amigo fiel y amante. Huya de todo amor de criatura que a Él no te conduzca. Él nos dio todo su corazón y todo nuestro corazón; por tanto, nosotros debemos darle todo nuestro corazón”. P. Eladio, 866,7. 

Equipo de Redes, JST

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