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Mirar la realidad desde la justicia y la misericordia es una invitación a situarnos desde la perspectiva de Dios: la compasión y el deseo profundo de vida en abundancia para todos.

La parábola de Lázaro y el rico (Lc 16,19-31) de este domingo nos muestra con claridad lo que también denuncia Galeano: no basta con saber que los pobres existen, ni con mirar sus carencias como estadísticas. El rico de la parábola conocía a Lázaro: lo veía cada día en la puerta de su casa. Sabía de sus heridas, de su hambre, de su necesidad. Pero no hizo nada.

“La pobreza no estalla como las bombas, ni suena como los tiros.

De los pobres, sabemos todo: en qué no trabajan, qué no comen, cuánto no pesan, cuánto no miden, qué no tienen, qué no piensan, qué no votan, en qué no creen.

Sólo nos falta saber por qué los pobres son pobres.

¿Será porque su desnudez nos viste y su hambre nos da de comer?”

(Eduardo Galeano, Hijos de los días. 17 de octubre). 

Ahí está la fuerza de la denuncia: el problema no es la pobreza como algo abstracto, sino nuestra indiferencia concreta. Los pobres son pobres porque la mesa de los ricos está llena y sus migajas no alcanzan. 

La parábola nos advierte que no se trata solo del más allá, sino del presente. El abismo que separó al rico de Lázaro después de la muerte, se había cavado ya en vida, con cada gesto de indiferencia. La justicia de Dios no es venganza, sino verdad: nos revela que la vida solo es plena cuando la compartimos.

Hoy estamos invitados a hacernos la pregunta incómoda:

¿A quiénes tengo como “Lázaros” a la puerta de mi vida?

¿Qué excusas me impiden acercarme con misericordia y justicia?

Equipo de Redes, JST.

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