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Vivimos muchas veces como si todo nos fuera debido, como si la vida, la salud, los afectos y las oportunidades fueran derechos adquiridos y no dones gratuitos. 

Desde esta mirada cerrada al asombro, no hay espacio para el agradecimiento ni para reconocer la presencia amorosa de Dios que actúa, silenciosa y constantemente, en nuestra historia.

Jesús, al sanar a los diez leprosos, revela esa misma actitud humana: todos reciben el don, pero solo uno —el extranjero, el samaritano— vuelve para dar gracias. La pregunta de Jesús resuena entonces también para nosotros: “¿Y los otros nueve, dónde están?”(Lc 17,17).

Padre Eladio escribía en una de sus cartas: Cuidado, que quien más recibe, a más se obliga. El Divino Esposo nos mira y va poniendo en nosotros sus ojos. Él es humilde, y manso, y paciente, y obediente, y generoso, y resignado, y diligente, y, sobre todo, amoroso. Si hemos de vivir como Él, ¿qué debemos querer nosotros? ¿Cuáles nuestras aspiraciones? Si algún día llegamos a padecer, ¿nos acobardaremos? (cfr. 619,7).

También nosotros, curados de las “lepras” del siglo XXI —el egoísmo, la indiferencia, la soberbia o la falta de compasión—, estamos llamados a volver a Jesús, no solo con palabras, sino con una vida agradecida. Habiendo puesto los ojos ante él solicitando su compasión, no podemos desviar la mirada del corazón sanado entonando una acción de gracias y alabando a Dios en nuestro día a día.

La fe que nos levanta y purifica se expresa en la gratitud que transforma nuestro día a día. Cada gesto, cada encuentro, cada tarea puede convertirse en una acción de gracias. Porque quien reconoce el don de Dios en su vida, no puede sino vivir alabando, sirviendo y amando.

Equipo de Redes, JST. 

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