
Jesús entra en Jerusalén y no se esconde. Va delante, consciente de que los mismos que hoy lo aclaman con palmas, pronto podrán rechazarlo. No se deja llevar ni por el entusiasmo ni por el rechazo. Su camino está marcado por contrastes: gloria y cruz, aplauso y silencio, triunfo y entrega. Y aun así, no se echa atrás.
Con Él comenzamos esta Semana Santa como una peregrinación interior. Como una invitación a caminar a su lado, a vivir cada gesto —la palma, la procesión, el silencio— como si fuera la primera vez. Porque Jesús no solo entra en Jerusalén: quiere entrar en nuestra vida.

Hoy lo aclamamos: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”. Pero Él ya mira hacia la cruz, donde el amor se hará total, incluso en la soledad y el abandono. Allí se revelará el verdadero rostro de Dios: un amor que no se impone, sino que se entrega.
Nosotros estamos en ese camino. Nuestras palmas y cantos tienen sentido si nacen de un corazón sincero, dispuesto a seguirle no solo en la alegría, sino también en la fidelidad cotidiana. “El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento”.(Is. 50,4).
En este umbral de la Semana Santa, dejemos que nuestra vida proclame lo que nuestros labios cantan. Sigamos a Jesús. Con Él, la cruz nunca es el final, sino el paso hacia la vida.
Equipo de Redes, JST





