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Domingo III de Cuaresma. Jn 4,5-42

Si conocieras el don de Dios

El tiempo de cuaresma es un espacio de conversión para reconocer y encontrarnos con el Hijo de Dios, que nos va revelando su filiación: fortalecida en las tentaciones; ensalzada en la transfiguración y el valle y ofrecida como sentido de la vida a la samaritana en este domingo. Fecha coincidente con el día de la mujer, Jesús libera, levanta y significa a todos los postergados de la sociedad y entre ellos a las mujeres. 

El diálogo entre Jesús y la samaritana gira en torno a una frase de Jesús que ilumina la escena: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber…” (Jn 4,10). Jesús se revela como la fuente de agua viva, el don de Dios que sacia la sed más profunda del corazón humano.

Estas palabras fueron contempladas con gran hondura por nuestro fundador. P. Eladio escribía en la carta 534 (11 de marzo de 1874):

“Decía nuestro amado Maestro a la samaritana: “Si conocieras el don de Dios” (cfr.Jn4, 10). Palabras que encierran un foco tan inmenso de luz, amor y consuelo para los pobres pecadores que confieso que, (…), veo en ellas un cielo de beneficios más extenso que estrellas, luceros, planetas y cometas giran alrededor del sol en la bóveda inmensa del espacio”.

La samaritana inicia un camino interior: primero ve en Jesús a un judío, luego a alguien más grande que Jacob, después reconoce en Él a un profeta, hasta intuir finalmente que puede ser el Mesías: “¿No será el Cristo?” (Jn 4,29). En ese proceso se descubre también conocida por el Señor: “Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice”.

Jesús rompe los esquemas de su tiempo: dialoga con una mujer, samaritana además, y la dignifica. Como recordaba san Juan Pablo II en Mulieris Dignitatem, Cristo revela a las mujeres su verdadera dignidad y las introduce en el diálogo sobre los misterios de Dios.

La conversión de la samaritana es inmediata y fecunda. Deja su cántaro, símbolo de su antigua búsqueda, y corre a anunciarlo. Su testimonio abre el corazón de todo un pueblo: “muchos samaritanos creyeron en Él por la palabra de la mujer” (Jn 4,39). Ella se convierte así en discípula y testigo, llevando a otros a encontrarse personalmente con Jesús.

En este Evangelio descubrimos que Cristo es la verdadera fuente de vida, el agua viva que sacia la sed del corazón humano. Y como la samaritana, también nosotros estamos llamados a dejarnos encontrar por Él, a convertir nuestra vida y a anunciar con alegría: “Venid a ver”. Porque quien ha descubierto el don de Dios no puede guardarlo solo para sí.

Equipo de Redes, JST

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