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Domingo IV Cuaresma. Jn 9,1.6-9.13-17.34-38

De la ceguera a la luz de la fe

Este domingo asistimos a otro encuentro de conversión y fe: el ciego de nacimiento. Su historia es la de un hombre que pasa de la oscuridad a la luz, y por eso mismo, de una vida cerrada a una vida transformada por el encuentro con Cristo.

El relato se abre con un hombre que recupera la vista y se cierra con una advertencia de Jesús sobre quienes creyendo ver, terminan espiritualmente ciegos (Jn 9,41). Este contraste describe dos caminos: la humilde conversión de quien acepta la luz y  el endurecimiento de quienes se resisten a ella.

Jesús no solo habla de la luz: la hace visible con sus gestos.

Como los profetas, acompaña su enseñanza con una acción simbólica. Hace barro, unge los ojos del ciego y lo envía a lavarse a la piscina de Siloé. Con este gesto revela que él ha venido a lavar la ceguera del corazón humano, la oscuridad de nuestras rupturas, de nuestras heridas y de nuestro pecado.

Cobran realidad en este milagros sus palabras: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12).

La luz de Cristo no es una luz escondida para unos pocos.

La luz está hecha para brillar: “no se enciende una lámpara para ponerla debajo de la cama, sino sobre el candelero para que ilumine a todos”. (Mt.5,15).

Es una fuerza viva que transforma la existencia. Cuando una persona se encuentra con Jesús, comienza a ver de otra manera: ve a Dios en su vida, descubre el sentido del sufrimiento, aprende a mirar a los demás con misericordia.

El ciego curado se convierte poco a poco en testigo.

Primero habla de “ese hombre que se llama Jesús”; después reconoce en Él a un profeta; y finalmente, cuando Jesús se le revela, responde con una profesión de fe: “Creo, Señor”.

Este camino también es el nuestro. Todos tenemos alguna forma de ceguera: prejuicios, miedos, heridas, orgullos que nos impiden ver con claridad. Pero Jesús, enviado del Padre, viene a lavar la oscuridad del corazón humano, nuestra incapacidad de amar y nuestras rupturas.

Jesús se acerca a nuestras oscuridades y nos dice: déjate iluminar.

Cuando Cristo entra en la vida de una persona, no solo abre sus ojos: ilumina el sentido de la existencia, revela el amor de Dios y nos hace capaces de caminar en la luz. Y quien ha recibido esa luz, está llamado a compartirla con los demás. 

Equipo de Redes, JST

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