Domingo III de Cuaresma. Lc. 13, 1-9
El evangelio inicia con una escena un poco sangrienta, propia de una serie de una plataforma digital. Y si mezclamos muerte y pecado, la imagen de Dios que viene a nuestra cabeza no es la del Evangelio que anuncia Jesús. Mejor sintonicemos el canal de la Buena Noticia. Desde esta clave es interesante leer las tres lecturas conectadas por la presencia, el tiempo y la salvación.
Dios le dice a Moisés en la primera lectura quién es Él: el dios de la presencia, que actúa en su tiempo concreto y que quiere la salvación (libertad) para su pueblo. San Pablo recuerda a sus oyentes que Dios estuvo presente en el desierto, cuidó a su pueblo dándoles a tiempo la liberación al pasar el mar, el alimento y agua en esa travesía. Y aunque ellos murmuraron y no creyeron, Dios fue fiel a su promesa de Salvación.

Jesús, que puede ser identificado en esta parábola como el hortelano, le pide al amo, el Padre, que le dé tiempo porque cree que con su presencia de cuidados y abonos conseguirá que la higuera dé frutos y sea su tiempo de salvación.
La Cuaresma es tiempo de conversión y cambio, de percibir la presencia del Dios de Vida y vivos en nuestro acontecer diario; es tiempo para dejarnos cambiar y fortalecer por las manos curtidas y delicadas de Cristo que nos conducen a la Salvación y la Gracia.
Equipo de Redes, JST.





