9 de noviembre – Dedicación de la Basílica de Letrán
Dios no necesita templos de piedra ni altares llenos de humo. El lugar más real del encuentro con Él tiene rostro humano: Jesucristo, el rostro visible del amor del Padre.
Por eso, cuando Jesús limpia el templo, no está atacando una tradición… está recordándonos que lo sagrado no se vende ni se usa para beneficio propio. Su “enojo” es el fuego de quien ama demasiado a Dios como para verlo reducido a un negocio.
San Pablo lo dice claro: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu habita en vosotros?” (1Cor 3,16).

Cada uno de nosotros es un templo vivo, frágil pero habitado. Y como todo templo, necesita cuidado, limpieza, renovación… porque el Espíritu quiere seguir haciendo de nuestra vida un espacio de amor y libertad.
Hoy Jesús también alza su voz. La levanta frente a todo lo que profana el templo humano: la trata, el desprecio, la indiferencia, el hambre, la guerra.
Cuando un hermano sufre, ese templo se está cayendo.
Pero Jesús no se rinde: “Destruid este templo y en tres días lo levantaré.”
Es su forma de decirnos que la vida siempre vence, que el amor reconstruye incluso las ruinas.
Equipo de Redes, JST.





