Juan 11, 17-27
Al leer este Evangelio, recuerdo a uno de mis estudiantes de 6 años que me dijo con toda su inocencia:
“Las abuelas tienen ganas de morirse porque en el cielo se está mejor… ¡pero yo no me quiero morir!”
En su frase cabía todo el misterio de la vida y la muerte: el miedo, la esperanza, la distancia entre nuestra mirada humana y la mirada de Dios. Marta, en el Evangelio, está en ese mismo lugar: no entiende por qué su hermano ha muerto si Jesús —su amigo— podría haberlo evitado. Como todos nosotros, se mueve “a ras de tierra”, con una fe que reconoce en Jesús a un hombre de Dios, pero todavía no al Señor de la Vida.
Jesús no la reprende; la acompaña en su proceso. Parte de su comprensión limitada, de su dolor, de su fe sencilla, y la lleva más lejos:
“Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá.”

En ese momento, Marta deja de hablar de un futuro lejano y descubre una presencia viva. La resurrección ya no es un acontecimiento del “último día”, sino una realidad que empieza cuando uno se encuentra con Cristo y confía en Él.
Por eso Jesús le pregunta —y nos pregunta también a nosotros—:
“¿Crees esto?”
No se trata de entender todo, sino de fiarse. De creer que la vida no termina en la muerte, que el amor es más fuerte que el sepulcro, y que quien vive unido a Cristo participa ya de su misma vida.
En el contexto de los fieles difuntos, este Evangelio nos invita a mirar la muerte no con resignación, sino con fe. Como Marta, podemos pasar del desconcierto a la confianza, del lamento a la confesión:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Creer en Jesús no nos quita el dolor, pero nos regala esperanza. Nos hace comprender que, aun en medio del duelo, la última palabra no la tiene la tumba, sino el Amor que resucita.
Equipo de Redes, JST.





