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Ven, Espíritu de Verdad y Libertad

En Pentecostés celebramos el gran regalo de Jesús Resucitado: el Espíritu Santo derramado sobre la Iglesia y sobre cada uno de nosotros.

No es una fuerza impersonal ni una emoción pasajera, “el Espíritu Santo es amor, puro amor, perfecto amor del Padre e Hijo, y en su consecuencia, es espíritu de consolación, de fortaleza y de caridad perfecta” (P. Eladio. 334,2).

El Evangelio nos muestra a unos discípulos encerrados por miedo, heridos por la incertidumbre y la fragilidad. Y precisamente ahí entra Jesús y sopla sobre ellos su Espíritu. El Espíritu Santo no elimina mágicamente las dificultades, pero transforma el corazón. 

Donde había miedo, división, tristeza, surge la valentía, la comunión y la esperanza.

Muchas veces también nosotros vivimos divididos interiormente, lejos de nuestra verdad más profunda. Buscamos fuera respuestas que solo Dios puede dar. El Espíritu Santo es quien nos reconcilia con nosotros mismos y con Dios.

Él nos enseña a vivir desde la libertad verdadera, no desde el egoísmo ni las apariencias. 

“Donde solo reina el Espíritu de Dios, allí verdadera y realmente es donde campea, vive y reina la verdadera libertad” (385,3).

Pentecostés es la fiesta de una Iglesia viva, unida por el amor y enviada al mundo. El mismo Espíritu que descendió sobre los apóstoles sigue derramando dones y carismas para construir la comunidad y sanar a este mundo herido.

Él nos hace hijos capaces de llamar a Dios “Abbá”, y nos enseña a caminar “en el Espíritu”, viviendo el amor Trinitario en lo concreto y cotidiano.

En medio de nuestras búsquedas, cansancios y luchas, permanece esta promesa llena de consuelo: “El Espíritu Santo, maestro consumado de puro amor, nos una con Jesucristo con lazo de amor de unión íntima” (981).

Vivamos este Pentecostés dejándonos habitar por la fuerza de Dios para convertirnos también nosotros en fuego que ilumina, consuela y ama.

Equipo de Redes, JST

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