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El fariseo y el publicano: orar desde la verdad del corazón

Jesús nos regala hoy una parábola que desenmascara nuestra forma de mirar: cómo nos situamos ante Dios y ante los demás. Dos hombres suben al templo a orar: uno se siente seguro de sí mismo, el otro se reconoce pequeño. Y la oración, que es encuentro con Dios, se convierte en espejo del alma.

1. Mirar por encima del hombro: el peligro de la falsa perfección

¡Qué fácil es mirar por encima del hombro! Es una tentación silenciosa que a veces se esconde incluso en nuestros gestos más religiosos. Puede que no brote en principio de la soberbia, sino de la pobreza espiritual de no acercarnos al otro, de no reconocer en él al hermano que también es hijo amado del mismo Padre.

El fariseo ora desde una imagen de Dios construida a su medida. Cree que el valor de su vida depende de su cumplimiento, de su rectitud, de su esfuerzo. Y, sin quererlo, su oración se convierte en un monólogo en el que Dios apenas tiene lugar. No pide, no agradece, no se deja tocar. Solo se compara.
Es el drama de quien confunde la perfección con el control, la pureza con la distancia. Y cuando uno ora desde ahí, el corazón se encierra, y hasta Dios parece pequeño.

San Pablo lo comprendió bien:

“Aunque tuviera el don de profecía y descubriera todos los misterios, 
aunque tuviera tanta fe como para trasladar montes,
si me falta el amor, nada soy” (1 Cor 13,2).

Sin amor, incluso la oración más brillante se vuelve hueca. Porque el amor es lo que da verdad a la fe y profundidad a la mirada.

2. Mirar desde abajo: el lugar de los que saben ser hijos

El publicano, en cambio, ora desde otro sitio. No desde el pedestal, sino desde el suelo. No tiene méritos que mostrar ni discursos que ofrecer. Solo un corazón que se sabe necesitado y, por eso, abierto.
Su mirada es desde abajo, donde la misericordia de Dios se hace palpable. Él sabe que ha fallado, pero también que hay un Padre que puede volver a levantarlo.

Mirar desde abajo no es despreciarse, es reconocer el lugar donde se encuentra a Dios. En la conversión del corazón germina la humildad, la verdad y la compasión.
Cuando uno se sabe frágil, comprende mejor al hermano. Cuando uno se deja mirar por Dios, aprende a mirar con ternura.

“Al mirar adentro, tú estabas conmigo.
Al mirar afuera, comprendí a mi hermano.”

(José Mª Olaizola)

El publicano descubre que la oración no lo separa del mundo, sino que lo une más profundamente a los demás. Desde su pequeñez, sintoniza con el Dios que levanta del polvo al desvalido, que sana los corazones destrozados, que no mira desde arriba, sino desde abajo y desde dentro.

3. Orar como hijos: entrar en la dinámica trinitaria del amor

La oración cristiana no es solo diálogo entre Dios y yo, es participación en el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu.
En ella el Padre nos acoge, el Hijo nos enseña a hablar con confianza, y el Espíritu ora en nosotros cuando ya no sabemos cómo hacerlo.

La actitud del publicano nos recuerda esa verdad: solo quien se sabe hijo puede confiar, pedir, llorar y dejarse amar. La oración no consiste en decir palabras bonitas, sino en permanecer en relación. Es abrirse a la corriente de amor trinitario que nos transforma, nos moldea y nos reconcilia.

Cuando nos atrevemos a orar desde nuestra verdad —sin máscaras, sin apariencias— el Espíritu nos regala esa transparencia que nos hace más humanos y más de Dios.

4. La oración que cambia el corazón

Jesús concluye la parábola con una promesa: “Este bajó a su casa justificado, y aquel no”. No es el que cumple más quien se acerca a Dios, sino el que se deja tocar por su misericordia.
El fariseo se fue con las mismas seguridades con que llegó; el publicano, en cambio, se fue renovado.

Así sucede también en nuestra vida: la oración no siempre cambia las circunstancias, pero siempre cambia el corazón.

“Me supe tan frágil…
y al mirar adentro, tú estabas conmigo.
Al mirar afuera, comprendí a mi hermano.
Supe que sus lágrimas, sus luchas y errores
eran también míos.
Tan solo ese día, mi oración cambió.”
(José Mª Olaizola)

Esa es la verdadera oración: la que nace de la humildad y desemboca en la comunión.

Señor,
líbranos de la autosuficiencia del fariseo
y danos la humildad del publicano.
Enséñanos a orar desde la verdad de lo que somos,
con las manos vacías y el corazón abierto.
Que cada vez que nos pongamos ante ti,
miremos también al hermano con tus ojos.
Ten compasión, Señor,
que somos pecadores…
pero amados por Ti.
Amén.

Equipo de Redes, JST.

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