Lucas 11, 1-13. Señor, enséñanos a orar.
En el evangelio, los discípulos se acercan a Jesús con una petición que revela algo profundo: “Señor, enséñanos a orar”. Resulta llamativo que unos judíos piadosos, formados desde niños en la sinagoga, sientan la necesidad de aprender a orar de nuevo. Pero al observar a Jesús, descubren en Él una forma distinta de relacionarse con Dios.
No es una repetición de fórmulas ni una obligación religiosa: es un encuentro vivo, íntimo, confiado.
Jesús no enseña una técnica, sino una experiencia. Lo primero que hace es cambiar la manera de nombrar a Dios: Abba, Padre. Un nombre cercano, familiar. Con esta palabra se estrecha el lazo, se acorta la distancia.
Orar deja de ser pedir desde la necesidad, para convertirse en agradecer desde la confianza, en reconocer que todo lo que tenemos y somos viene de Él.

Este Padre no solo escucha, sino que enseña a dar. Nos invita a tener un corazón generoso, disponible, como el amigo que, aun a medianoche, se levanta a ayudar. Nos recuerda que Dios no se cansa de nuestras búsquedas, de nuestras súplicas, de nuestras puertas golpeadas.
«Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre.» (Lc 11,10)
Padre Eladio, fundador y gran maestro de oración, nos anima con esperanza:
“La oración del humilde penetra en el cielo y quien persevera hasta el final será coronado. Pues bien, oremos con humildad y perseverancia, y no dudemos que la corona de victoria descenderá pronto del cielo.” (Carta 798,4)
Hoy, al igual que los discípulos, volvamos a decir:
“Señor, enséñanos a orar…”
…y enséñanos también a vivir como hijos, confiando, esperando y amando como Tú.
Equipo de Redes, JST.





