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Domingo 18 Tiempo Ordinario. Lc. 12,13-21

¿Con qué nos presentamos ante el Señor?

Ante el Señor, muchas veces llegamos con los bolsillos llenos… pero, ¿llenos de qué? ¿De méritos acumulados? ¿De seguridades humanas? ¿De posesiones que creemos nos definen? 

Las lecturas de este domingo nos interpelan con fuerza y claridad: la vida no se sostiene en la acumulación de bienes ni en la lógica del tener, sino en la plenitud del ser en Dios.

Jesús, al responder con una parábola al hombre que le pide intervenir en una herencia, desenmascara una tentación profundamente humana: aferrarnos a lo material para sentirnos seguros. Pero esta seguridad es ilusoria. El evangelio lo dice sin rodeos: 

“Necio, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será todo lo que has acumulado?”. 

El egoísmo acumulador encarcela el corazón, lo endurece y lo vuelve incapaz de amar. La historia y la experiencia nos enseñan que cuando el yo se vuelve el centro, el alma se empobrece.

Frente a esta lógica, San Pablo en la carta a los Colosenses (cfr. Col 3,1-11) nos recuerda nuestra verdadera identidad: hemos sido revestidos de Cristo, llamados a buscar las cosas de arriba, no las de la tierra. Vivir desde esta nueva condición significa dejar atrás la codicia, la mentira, la ira, y revestirnos a imagen de Cristo. 

Por eso, ante Dios no nos presentamos con los logros del mundo, sino con sus dones: humildad, misericordia, bondad, paciencia, fraternidad, alabanza. Lo que cuenta no es cuánto tenemos, sino cuánto amamos, cuánto compartimos, cuánto dejamos que Cristo viva en nosotros.

Que este domingo nos permita revisar nuestro corazón. ¿Dónde está nuestra verdadera riqueza? ¿Qué ocupa el centro de nuestra vida? 

Que la Palabra nos ayude a soltar las seguridades pasajeras y nos anime a abrazar la verdadera sabiduría: la que nace del amor, del desprendimiento y de la comunión con Dios y con los hermanos, sabiendo que “Cristo es todo, y en todos”.

Equipo de Redes, JST.

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