El ciego se abre a la fe, recuperando la vista; así reconoce a Jesús como salvador, y se salva.
Cada uno de nosotros debemos acercarnos a Cristo Luz que quiere iluminar nuestra vida, nuestra alma, nuestros proyectos, nuestras empresas. Cristo quiere curarme de mi hipermetropía, de mi presbicia, de mi miopía, de mi daltonismo. Solo debemos acercarnos a él, reconocer cómo somos, saber cuáles son nuestras búsquedas, tener fe, aceptar su perdón y salir con una vida nueva, con ojos curados. “No hay peor ciego que el que no quiere ver”.
Señor, cúrame de mi ceguera interior. Ponme el colirio de tu gracia para que pueda ver tu mano en todas las cosas y tu imagen en mis hermanos. Tú eres mi Luz, y en tu luz caminaré siempre. “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?” (salmo 26). Amén.

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