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El 14 de septiembre se celebra la exaltación de la Santa Cruz. No miramos ya un instrumento de suplicio, sino el árbol bendito por el que nos ha venido la vida. Allí donde el pecado nos cerró el paraíso, Cristo lo ha vuelto a abrir cargando con nuestra culpa.

Dice san Pablo: “Cristo tomó sobre sí la maldición que por un árbol vino al mundo” (cf. Gal 3,13). Él llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero (cf. 1 Pe 2,24), y en la cruz clavó la sentencia de muerte que pesaba contra nosotros (cf. Col 2,14). Así, aquel árbol de dolor se convirtió en el leño que salva, del que habla el libro de la Sabiduría (cf. Sab 14,7), y abrió para nosotros el acceso al verdadero árbol de la vida, del que nos habla el Apocalipsis (cf. Ap 22,2.14).

Por eso el Apóstol puede decir con fuerza: “Lejos de mí gloriarme, si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo” (cf. Gal 6,14). La cruz ya no es signo de derrota, sino de victoria; ya no es vergüenza, sino motivo de gloria.

Un antiguo testimonio de la Iglesia lo expresa con palabras llenas de fe:“Su cruz es nuestra vida, nuestra fuerza y nuestra salvación. Misterio escondido, inefable alegría. Por la cruz, el género humano que ahora la lleva no puede ser separado de Dios. Fuerza anhelada e inseparable de Dios. No pueden nuestros labios pronunciar su nombre dignamente. En otro tiempo escondida, hoy se nos revela como misterio. Los fieles la contemplan no en su apariencia sino en su realidad.

Esta es la cruz en que nos gloriamos, para alcanzar gloria. Por la cruz, se apartan los fieles perfectos que la llevan de todo lo terreno y visible, como de algo que no tiene realidad.

Oh fuertes, buscad en ella vuestra fuerza, haced sordos vuestros oídos visibles, haced ciegos vuestros oídos exteriores,para que conozcáis la voluntad de Cristo y todo el misterio de vuestra redención

”(Testamentum Domini, s. IV).

Ante ella comprendemos que todo lo terreno pasa, y que sólo la comunión con Cristo permanece. La cruz se convierte en escuela de fe, en fuerza para los que creen, en camino de vida nueva.

Hoy, al levantar los ojos a la Santa Cruz, reconocemos en ella el amor extremo del Padre, la entrega sin medida de Cristo, y la certeza de que por su madero somos salvados.

“Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.”

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