La Iglesia, y nosotras con ella, celebra con gran gozo el nacimiento de la Virgen María.

En este día de gracia, contemplamos el amanecer de la redención: con María comienza a germinar el plan de salvación de Dios. Su llegada al mundo es como la aurora que anuncia el sol, como la semilla que, en lo escondido, prepara la flor.
María es el icono perfecto de cómo Dios actúa en lo discreto, en lo oculto, en lo pequeño, en lo humilde. Su vida nos revela que los grandes misterios de Dios nacen en el silencio, en la oración y en la fidelidad cotidiana. Ella, sin buscar protagonismo, fue el corazón disponible que acogió al Verbo.
En medio de un mundo que ensalza la autosuficiencia y el ruido, el nacimiento de María nos invita a volver a lo esencial: a vivir desde el corazón, a confiar, a creer que también en nuestra pequeñez el Señor ha puesto su mirada. Como María, también nosotras hemos sido pensadas, llamadas y preparadas para una misión divina: llevar a Cristo al mundo.
Hoy, al renovar nuestra consagración, nuestro corazón se inclina ante el misterio de la entrega. No es un simple gesto exterior, sino un regreso amoroso al Corazón de Aquél que nos llamó. Con María, decimos de nuevo: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”( Sal. 40,8). Con Ella, renovamos nuestra entrega total, como expresión viva de nuestra consagración bautismal y esponsal.
María nos invita a vivir un amor pleno y exclusivo a Dios a través del voto de castidad.
Ella nos muestra que la castidad no es ausencia, sino plenitud. No es renuncia al amor, sino apertura total al Amor que no pasa. Su virginidad fue fecunda porque estaba habitada por Dios.
Que María eduque nuestro corazón para que Cristo viva en él como el único Señor. Que aprendamos a vivir un amor libre, tierno, generoso y limpio, imagen del amor eterno.
María nos enseña a mantener un corazón disponible mediante el voto de obediencia.
La obediencia es la respuesta de quien se dispone a hacer la voluntad de Dios, con la confianza y la seguridad de que está en buenas manos. María no necesitó entenderlo todo para decir “sí”, se dejó conducir con la certeza de que, quien solicitaba su colaboración, era fiel a sus palabras. Escuchó y confió, incluso cuando vivió momentos de oscuridad. Su fe superó sus preguntas y sus inquietudes.
Que María nos enseñe a vivir con el oído atento a los latidos del Corazón de Dios, para que, con humildad y libertad de hijas, acojamos lo que Él quiere de nosotras en cada momento.
María nos anima a confiar n la Providencia a través del voto de pobreza.
Ella vivió sin seguridades humanas ni riquezas, pero rebosante de Dios. Su caudal fue su libertad interior, su apertura al prójimo y el abandono confiado en el Padre. Desde el pesebre hasta la cruz, su vida proclama que lo esencial no se posee: se recibe, se comparte y se vive.
Que Ella nos enseñe a vivir con lo necesario, a confiar en Dios como única riqueza y a hacer de la pobreza un lazo de comunión con los más pequeños.

En este día que celebramos la Fiesta de su nacimiento, alabamos al Padre porque la hizo parte esencial de nuestra historia de fe; damos gracias a su Hijo Jesús por darnos a su Madre como madre nuestra; glorificamos al Espíritu Santo que la cubrió con su sombra, con su presencia y con su poder.
Que María interceda por cada una de nosotras, por nuestras comunidades y por toda la Congregación. Ella, la Madre del Amor Hermoso, nos impulse a renovar cada día, con perfecto sentido, el sí que un día dimos, desde la alegría profunda, los deseos de fidelidad y la esperanza que no defrauda.
¡Celebremos unidas la vida de María y renovemos con alegría nuestra consagración!
Circular de la Superiora General a las comunidades con motivo de la renovación de Votos.





